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N O V E D A D E S

º¡Capítulo 26!

ºNuevo relato corto: Senderos del destino.


lunes, 1 de septiembre de 2014

Capítulo 27

Fuegos artificiales

Apenas había pasado media hora, pero el tiempo se había detenido para mí.
Cuando volvimos, la impresión fue que nadie se había percatado de nuestra ausencia. Incluso Jace parecía entretenido hablando con Emily… (o al menos, todos disimulaban).
Todos menos Emily.
Íbamos hacia la tienda cuando la vimos salir de la de Will y Kail, dirigiéndose a la nuestra. Se sonrojó ligeramente al vernos.
-Hola chicos- saludó rápidamente y entró en la tienda. Luego salió con unas cuantas cosas- cambio de planes… al final voy a dormir con Kail. Tengo que… contarle un par de cosas.
Y se fue riendo tapándose la boca con una mano.
Will y yo nos miramos sin saber qué hacer ni qué decir.
-Vaya, qué casualidad –solté.
-¿Tú crees? –alzó una ceja escépticamente, soltando una pícara sonrisa- porque yo no creo en las coincidencias.
Y me cogió en brazos mientras me llevaba dentro.
Fuera o no fuera una coincidencia, a mí ya me parecía la mar de bien. Pobre Em, no es que no me hiciera ilusión ser su compañera, pero… ahora que el querer dormir con Will estaba justificado–digo yo-, no iba a decir que no. Además, me había fijado en cómo se miraban ella y Jace y puede que pensara que dormir con un chico en vez de conmigo le produciría más celos… bueno, yo qué sé. La cosa es que si se había cambiado de tienda por nosotros… ¡pues cómo vuelan las noticias!
Will fue a recoger sus cosas y yo entré en la tienda para cambiarme.
Estaba excitada por todo lo que acababa de ocurrir. Me preocupaba aún un poco todo el tema de “no nos volveremos a ver”… pero bueno, realmente yo nunca he sido una persona muy empática, y como igualmente no iba a recordar nada… si él estaba de acuerdo en vivir con esos recuerdos y con la certeza de que nunca se repetirían, a mí ya me estaba bien. Además, parecía que sus labios me hubieran contagiado el “carpe diem” que él representaba.
Fui hacia el montón de ropa interior y saqué el pijama morado de lana – o al menos eso parecía, aunque nunca se sabe- que Emily me había prestado para la ocasión. Los únicos que había llevado eran de abrigo, pues aquí hacía mucho frío. Pero en verdad, durmiendo con Will al lado, lo último que tendría sería frío.
Me quité la ropa y me puse el pijama. Primero los pantalones suaves,  sedosos, que me tapaban hasta los pies. Eso no tenía sentido, Emily era bastante más baja que yo.
Un suave roce de labios sobre mi hombro nubló mis pensamientos. Me quedé quieta, dejando que sus brazos me envolvieran la cintura y me resiguiera todo el cuello con la boca. No pude evitar sonreír.
-Si esta noche no duermo después de esta “excursión” –suspiré- mañana no podré moverme.
Carcajeó.
-¿Tan dura ha sido? –dijo entre beso y beso.
-Las excursiones, para nosotros “los mortales”, no suelen durar más de medio día – me quejé-, apenas siento las piernas. Esto debe ser la presión y tal… que hace que pesen más de lo normal.
Se apartó un segundo para cogerme en brazos. No me había fijado en que volvía a ir sin camiseta. Estuvimos un rato mirándonos, en silencio.
-¿Y ahora, duele?
Negué, sonriendo con complicidad.
Él me devolvió la sonrisa y se acercó lentamente para besarme. Este beso no fue como los otros –deduje que ya no tenía miedo a que dijera que no. Este fue lento y dulce, como un postre después de un primer y segundo plato explosivos.
Me hubiera quedado así toda la noche –toda la vida, si me apuras-, pero el sueño se encontraba entre mis prioridades en aquél momento. Temí no poder dormir si abriendo los ojos podía contemplarle. Me entró sed, así que me puse la camiseta del pijama, me quité el sujetador y fui a por un vaso de agua. Le pregunté si quería uno y serví dos vasos. Cuando me giré, vi que ya iba con los pantalones del pijama. ¿Cuándo se había cambiado? Le di el vaso. “Gracias”. Sonrisa que derrite.
-¿No tienes frío? –pregunté mientras me acostaba.
Me abrazó haciendo la cucharita y apoyó la cabeza sobre mi hombro.
-Ojalá. Me estoy muriendo de calor –dijo riendo pícaramente mientras me olía el pelo. En verdad, yo tampoco tenía mucho frío.
Cada vez que hablaba del calor que tenía me estremecía, aunque el bostezo que hice a continuación fue de todo menos sensual.
Los párpados empezaron a pesarme cada vez más y temía que todo se tratara de un sueño, como esas veces en las que estás despierto pero todo te parece una alucinación.
Utilicé algunos segundos para descansar en la perfección del momento, y le susurré las buenas noches con otro bostezo.
Pero después me di cuenta que no había sido un sueño. En mis sueños no me siento protegida por un chico que me quiere. Mis sueños no son tan perfectos.
Unos ojos recelosos me perseguían; yo tenía que buscar algo y no tenía ni idea de qué se trataba o de qué aspecto tenía. Y los ojos me seguían como mi sombra, buscase donde buscase. En un momento dado creí que me intentaban decir algo –tal vez una pista de qué era lo que tenía que buscar o dónde se encontraba-, pero temía que si me acercaba demasiado me ahogarían, o me hipnotizarían, y lo perdería todo.
Corría, pero nunca me cansaba de correr, porque corría a cámara lenta y eso me provocaba agonía. Sólo una pequeñísima parte de mi era consciente de que estaba soñando. Corría por un bosque quemado y muerto. No percibía ninguna forma de vida excepto la que me seguía de cerca. En realidad, hubo un momento en que en vez de buscar algo, intentaba huir de esa criatura.
Me desperté sudando, hiperventilando y sin tener la sensación de haber descansado. Pero me desperté decidida a saber qué o quién eran esos ojos amarillentos que perseguían mi muerte inminente. A encontrar sentido a las palabras de Anelisse Greyone. Y a descubrir quién de nosotros era el salvador del que hablaba la profecía. Tenía una corazonada, pero deduje que se debía a mi heroísmo.
El sol apenas estaba saliendo y Will todavía dormía.
Con cuidado me liberé de su abrazo, me puse un anorak y salí a recibir el día.
El campamento seguía profundamente dormido. La hoguera se había apagado y salían pequeñas hileras de humos negro de entre las cenizas. Y soplaba un viento helado que me cortaba los labios y las mejillas. Las manos no, ya que las había metido sabiamente en los bolsillos.
Era extraño, no ocurría muchas veces que yo me levantara la primera. Culpé al sueño.
Decidí caminar un poco en dirección al sonido del agua, para despejarme un poco. El lago no estaba muy lejos.
-Jessica- susurró alguien detrás de mí. Me giré sobresaltada -¿eres tú?
Vi que era Claire y me relajé.
-Sí- susurré,  haciéndole gestos para que viniera.
Caminó con avidez y sonrió al llegar junto a mí. Tenía las mejillas coloradas por el frío y el pelo encrespado.
-¿Dónde ibas?
-A dar un paseo matutino, ¿quieres venir?
Se encogió de hombros y caminamos una al lado de la otra.
-¿Sueles levantarte tan temprano? –pregunté.
-Sí, tengo el sueño bastante ligero.
Bostecé. Los árboles degotaban pequeñas gotas de lluvia. Pues no había oído llover. Puede que fuera la humedad.
Estuvimos en silencio un rato. Sólo se oía el sonido de nuestras pisadas, el susurrar del viento, el balanceo de las hojas. Y si reparabas un segundo, oías el despertar de algunos animales.
Llevábamos un rato andando cuando vislumbramos las aguas del gran lago.
Dónde yo vivía nunca podría haber disfrutado de unas vistas así. De hecho, dudaba que ningún lugar en el mundo pudiera igualarlo. En ese lugar, el ser humano apenas había dejado algunas pisadas en el suelo.
Las aguas estaban cristalinas e imperturbables a causa de la aurora.
Nos sentamos sobre unas rocas lisas y empezamos a charlar.
A pesar de que Emily era con quién más me había amistado, Claire era la que más se parecía a mí con diferencia.
Estaba cómoda con el silencio y le gustaba más escuchar que ser escuchada –en mi caso no es exactamente así; más bien tengo días, pero igualmente la gente suele decir que soy tímida, por lo tanto, deduzco que se debe a mi poca palabrería-.
Nos habíamos llevado bien sin proponérnoslo. Me había dado cuenta de que, a diferencia de las demás personas que conocía, con la mayoría de crystalraisers no tenía que esforzarme en sacar tema: las palabras salían sin ser meditadas y podía ser yo misma.
Íbamos cambiando de tema sin enterarnos y teníamos muchas cosas en común. Estábamos de acuerdo en otras muchas.
La charla me había distraído de mis preocupaciones cuando, de pronto, en la lejanía y entre la oscuridad que proyectaban los árboles y arbustos, aparecieron dos ojos amarillos y la tranquilidad se desvaneció. Me alarmé.
La conversación que estaba manteniendo con Claire se esfumó y ambas volvimos al silencio sin haber puesto ningún punto a la frase. Me giré hacia ella y vi que ella también los estaba mirando –por lo tanto, no estaba loca ni los había alucinado.
-¿Qué crees que serán? –preguntó sin quitarles la vista de encima.
-Ojalá lo supiera- respondí con exasperación.
Y le expliqué mi breve y siniestra historia con ese ser, sin saber muy bien por qué.
Ella se preocupó lo suyo.
-¿Por qué no se lo dijiste a nadie?
-¿Qué querías que hiciera? Tú nunca los habías visto. Quiero decir, nadie le hubiera dado importancia. Y no quiero que me tomen por una paranoica, no soy de aquí.
-Will los vio, te lo dijo, cuando te salvó. Se lo podrías haber contado.
-No sé… supongo que no quería parecer asustada.
Suspiró.
-¿Y qué piensas hacer?
-¿Qué puedo hacer? Nada. Pero al menos me gustaría conseguir algunas respuestas. ¿Qué son? ¿Qué quieren de mí?
-¿Quieres que los sigamos?
-Podríamos empezar por ahí.
Mi sueño a la inversa.
Pero era demasiado tarde. El ser se había desvanecido en sus propias sombras.
Cogí su mano entre las mías.
-Por favor, esto debe quedar entre nosotras. Temo que si alguien más lo sabe, no volverán a aparecer. Es una corazonada. Sólo aparecen cuando estoy sola. En realidad, no sé qué ha ocurrido esta vez, Butterfly no habla, por lo tanto no debe de considerarla una amenaza. Y me dan miedo y me erizan el pelo, pero es que la curiosidad me carcome. Por favor, no se lo digas a nadie, quiero descubrir qué ocurre.
-Ningún problema –me sonrió con complicidad.
-Gracias.
-¡Por cierto! Tienes que contarme qué ocurre exactamente entre Will y tú, que entre que ayer ambos os ausentasteis un buen rato y Emily no paraba de cotillear, ¿nos tenéis a todos intrigados eh? Hmmm…
-¡Es que acaso hay alguien que no se enterase! –reí.
Y zanjamos el tema de los ojos amarillos y sus intenciones.
Aun así, no me quedé despreocupada. ¿Y si ahora que Claire los había visto, también iban a por ella?
Parecía estar encima de una balanza, cuando algo bueno ocurría, otras cosas empeoraban. Supongo que así es el curso de la vida.
Cuando oímos que el campamento empezaba a dar señales de vida decidimos regresar. Además, yo estaba un poco hambrienta. Un poquito.
Ese día fue más tranquilo que el anterior.
Nos bañamos en el lago después de almorzar, cosa que nunca había hecho antes y fue asombroso –de hecho, nada de lo que había hecho en los últimos días lo había hecho anteriormente, pero ya se entiende la expresión-.
Después fuimos de excursión por los alrededores y cuando regresamos,  como todo el mundo se estaba muriendo de hambre, comimos y cada uno a su bola. Yo por mi parte, me retiré a mi tienda para conseguir un poco de tranquilidad.
Al principio el Universo me complació, ya que sólo Will entró en la tienda y hablamos un poco de todo –y a ratos no hablamos-. Pero al poco tiempo se unieron todos los demás a la fiesta y terminamos jugando a los únicos juegos que no requerían explicarme cómo iban porque ya había jugado antes.
Y más tarde, como petición mía y de Emily, volvimos al lago a darnos un chapuzón –sólo nosotros, Will, Kail, Ivy, Claire, Emily y yo. Bueno, también logramos convencer a Jace- hasta que anocheció y empezaba a hacer más frío fuera del agua que dentro.
Esa noche también dormí con Will, y no tuve ninguna pesadilla. Como oí decir a alguien en alguna ocasión, Dios no castiga dos veces.
Fue él mismo quién me despertó diciéndome que teníamos que marcharnos lo más rápido posible, que estaban de camino. Como yo me acababa de despertar y no era precisamente rápida de reflejos, sólo me percaté en que era de día pero tenía la sensación de haber dormido cuatro horas como mucho. Will parecía impaciente mientras me vestía, así que se dedicó a vestirme él y a sacarme en brazos de la tienda. “¿A qué viene tanta prisa?”, pregunté. Él sólo dijo “No hay tiempo”.
Y al salir hice el “click” a medias. No era de día, era de noche. La luz que había confundido con la del sol era la de las llamas que se estaban comiendo el bosque. Todo el mundo recogía lo que podía y corría para salvar el pellejo. Había algunos que intentaban ayudar a alguien que no podía andar porque las llamas le habían atrapado. Había otros que lloraban a sus víctimas.
Me giré para hacer una panorámica y todo cuánto veía era un mar rojo y enfurecido que nunca terminaba. Y sólo podía pensar en todo el día de camino que había hasta la ciudad y que era completamente imposible que lograra llegar. Empecé a hiperventilar. El tiempo pasaba muy lentamente, como cada mañana cuando me levantaba, sólo que esta vez el subconsciente me estaba gritando que no podía permitirme estar embobada ni tener los reflejos adormecidos. Estaba histérica por dentro e impasible por fuera. Notaba a Will a mi lado, gritándome que me moviera, y pregunté al Universo por qué no podía ser una de esas heroínas de las novelas, que en momentos así mantienen la cabeza fría y siempre saben qué hacer. Pero bueno, supongo que eso forma parte de la ficción y siempre se quedará en ese baúl.
Al final, impotente, Will optó por subirme a caballito y empezó a correr.
En la lejanía, vi unas figuras negras que se acercaban. Al reconocerlas, mi cuerpo reaccionó y grité.
Todos los ahí presentes se giraron hacia la dirección que señalaba mi dedo. Dejaron de intentar coger lo que sea que fuera importante para ellos y huyeron a la velocidad de la luz. Los cadáveres se quedarían sin ser enterrados y los moribundos pronto dejarían de ver luz a través de sus ojos.
Al oír mi grito, Will se sobresaltó y tropezó con algo. No logré ver el qué. Caímos al suelo. Puede que las figuras aún estuvieran lejos, pero notaba su respiración entrecortada y muerta, notaba su presencia sobre mis espaldas.
Y yo me sentía como en el sueño de la noche anterior, cuando escapaba a cámara lenta. Will se levantó rápidamente, pero yo me quedé en el suelo. ¿Con qué habíamos tropezado? Intenté enfocar la vista y palpé el suelo. Toqué algo que aún estaba caliente. Era una mano chamuscada. Mi corazón se paró. Me obligué a mirar.
El fuego trabajaba rápida e cruelmente, pero aun así, pude reconocer esas facciones. De hecho, no fueron sus facciones las que reconocí. Lo único de su cara que había eludido las llamas eran sus ojos. Aún desprendían bondad, mezclada con el obvio sufrimiento y agonía que suponía morir quemado.
Pero su chispa aún no se había apagado. Sin embargo, el resto… el resto yacía en el suelo enfangado careciendo de vida. ¡Claire!


jueves, 8 de agosto de 2013

Capítulo 26

Magia terrorífica


-¿Te ayudo? –preguntó Will, gentilmente. Montar tiendas nunca había sido lo mío. Y Emily estaba ayudando a Jace. ¡Pero en qué estaría pensando!
-¿No tienes que…? –me giré para señarlarle su tienda, pero vi que ya la había montado-. No me vendría mal ayuda –admití, encantada de pasar más tiempo con él.
Me miró divertido y se situó justo detrás de mí, piel rozando piel, para recolocar los palos que sostendrían de techo. Sentía como si me rodease con sus brazos y torso musculados, protegiéndome de cualquier peligro. Ese detalle me hizo sonreír.
-¿Con quién vas a dormir tú? –pregunté, con curiosidad.
-Con Kail –otra larga mirada. Él tampoco parecía querer dormir con quién le había tocado.
Estuvimos un rato en silencio, él trabajando y yo ayudándole con lo que podía.

Cuando terminamos de montar la tienda, entré dentro para guardar mis pertenencias. Los crystalraisers tenían un sexto sentido del espacio. Juraría que cuando entré la tienda había doblado su tamaño. Era muy primaveral. Tenía azulejos y flores violetas pintados en las paredes elásticas y el suelo estaba hecho de alfombras de tonos verdes. Había un pequeño escalón que llevaba a un especie de cavidad que serviría para guardar cosas. El estilo de Emily.
Como esta se había perdido por ahí con Jace, fue Will quién me ayudó a colocar las cosas dentro. No teníamos la mochila de Emily, así que sólo ordenamos las mías. Él ya lo había hecho todo. “¡Pero qué rapidez!”. Cada detallito de esos hacía que cada vez me sintiera más atada a él.
Entre los dos conseguimos meter el enorme colchón doble que Emily había traído y lo situamos en una esquina. Aún y siendo enorme, todavía quedaba mucho espacio. Cuando me tumbé encima, me pareció oler a rosas dentro.
Improvisé unas sábanas con los sacos (Emily sí había dejado su saco ahí) y Will iba sacando cosas de la mochila. Ropa sobretodo.
-Caramba, hasta me dan ganas de dormir ahí –dijo, fijándose en mi trabajo. Yo sólo me sentí capaz de reír. ¿Por qué tenía que dormir con Emily? Aún así, tampoco podía preguntárselo sin más, qué vergüenza… - ¿qué es esto? –había sacado mi diario de la mochila.
Me acerqué.
-Mi diario, mi padre me lo regaló.
-¿Un diario?
-¿No sabes lo que es un diario? –dije, sorprendida.
Me miró curioso. Sus ojos eran de mi color favorito, como un mar claro en un día soleado.
-Pues… -continué- para inmortalizar recuerdos, escribimos nuestro día a día en un libro, un libro como ése –señalé al libro morado.
Lo ojeó.
-Está en blanco.
-Ya… se me había olvidado que lo tenía, pero lo traje para escribir algo.
Lo guardó cautelosamente en una estantería y continuó sacando cosas.
-¡Hola chicos! ¿Qué hacéis? –Emily se asomó con una sonrisa en la cara.
-Nada, colocar un poco todo esto, ya que tú no aparecías… -bromeé.
-¡Jess! ¡Lo siento mucho! Estaba… he perdido la noción del tiempo –parecía nerviosa y feliz. - ¿puedo ayudar en algo todavía?
-No hace falta Em –Will le acarició el brazo afectuosamente- ya casi hemos terminado.
Ahora los dos estábamos sacando la ropa y la ordenábamos en cuatro montones, según si eran camisetas, pantalones, ropa interior o ropa de abrigo. Los zapatos los poníamos abajo a un lado.
-Em, ¿quieres que te guarde la ropa? –pregunté.
-¡No, boba! Podéis iros, lo que quede ya lo arreglo yo, con el esfuerzo que habéis hecho montando la tienda…pero qué despistada soy, madre –nos guiñó un ojo y prácticamente nos empujó fuera de la tienda
-Vaya… -se me escapó.
-Bien… ¿vamos con los demás? –sugirió Will.
Habíamos caminado todo el día y ya casi estaba oscureciendo.
-De acuerdo –dije, aunque en verdad quisiera pasar más tiempo a solas con él.
Pero para compensarlo, me rodeó con un brazo durante el camino. Eran apenas diez metros, pero fue suficiente para gustarme.


Liam y sus amigos habían encendido una hoguera y habían colocado una serie de cinco troncos largos alrededor. Los demás ya habían montado las tiendas y habían desempaquetado. Algunos hasta habían tenido tiempo de ir a pescar al lago y estaban cocinando unos peces tan raros que no supe identificar. El campamento ya era un campamento.
Vi a Jace sentando en un tronco al lado de sus amigos comiendo un bocata que debía medir medio metro. Otra característica de Jace, comía más que un oso pero no engordaba ni un gramo de más.
Fui a sentarme a su lado y dejé a Will hablando con unos conocidos suyos que nos habíamos encontrado. Era encantador aún y no queriendo serlo.
-Jess –dijo Jace cuando me senté -¿Has terminado ya de montar la tienda? ¿tienes hambre?
-Después de esta maratón…¡quién no!
-Ya, también ha sido duro para mí –rió y me dio un trozo del bocata que se estaba comiendo.
-Incluso para ti –señalé, mordisqueándolo.
-Incluso para mí –reconoció.
No sé de qué estaba hecho ese bocata, pero sabía a carne, queso y tomate.
El sol ya se había escondido y la luna se había asomado. Los troncos ya estaban llenos, todos se habían acercado a cenar.
Cuando Emily vino, con una sudadera verde que le iba grande puesta, se sentó a mi lado y charlamos como no lo habíamos hecho nunca. Era la vez que la veía más animada y me fijé en que cada vez que Jace hacía un comentario sus ojos brillaban. 
No tenía frío, ya que la hoguera calentaba mucho, pero seguro que si te alejabas las temperaturas eran mucho más bajas. 
Probé un poco el pescado del lago, parecido al lenguado, y me comí un par de frutas moradas rechonchas y jugosas que respondían al nombre de fancirs.
Will estaba al lado de Emily, hablando con Kail, Ivy y Claire y comiendo tanto o más que Jace. Claro, como era tan corpulento… 
Incluso cuando entre nosotros sólo estaba Emily le extrañaba.
Los árboles eran centinelas gigantescos que nos guardaban del viento; no había tierra, sólo hierba y flores. Se sentía el crepitar del fuego y el correr del agua del lago. Decía la leyenda que ese lago era pacífico y quieto durante el día, pero por la noche se despertaba rugiendo, pues las criaturas que lo habitaban eran nocturnas.
El vino iba corriendo de boca en boca. Cuando me llegó a mí aproveché para echar un traguito. No había nada de malo en ello, no era la primera vez que bebía. Pero sí era la primera vez que bebía vino y no supe decir si era el vino en si que era delicioso o era el vino crystalraiser. El caso fue que no sólo tomé un trago y Jace tuve que quitar la botella de las manos.
-Por hoy es suficiente –carcajeó.

-No te preocupes –señaló Mark –este vino tiene muy poco alcohol. ¡Estamos rodeados de adolescentes, tampoco somos tan irresponsables!
Y más risas de nuevo.
-Aún así, soy tu –recalcó el "tu" con énfasis- responsable.
Cuando todos terminamos de cenar, se levantó un hombre de unos cuarenta años, de facciones alegres y postura chistosa; pidió silencio cómicamente con las manos y volvió a sentarse en el tronco.
-Hace miles de años, cuando Crystalraise aún era joven y sólo un gran y salvaje bosque la gobernaba, existían criaturas oscuras. Las Innombrables. Los cabeza rojos, los travesillos, los brybauds... todos esos eran menores. Quién realmente te ponían los pelos de punta eran Los Negros.
>> ¿Son hombres? ¿Son espectros? Ninguna de las dos cosas, pues nadie se ha atrevido nunca a descubrir qué hay debajo de esas sábanas de humo negro. Pero hay quién dice que si los destapas, sólo un corazón negro, pequeño y putrefacto es cuánto ves, y se desintegra al contacto con el aire. Estos seres reinan en la oscuridad, pues no soportan la luz del sol. Eso sí es seguro: cuando se encuentran a suficiente distancia de un mortal, le succionan el alma despiadadamente, sin inmutarse. Y entonces sólo es capaz de vagar de aquí hasta allí, escondiéndose en lugares oscuros, lejos de la luz del sol, pues empieza a resultarle muy molesta, a medida que pierde facciones y su corazón empequeñece y se hiela. Y entonces se convierte en un señor de la noche, listo para besar a más mortales.
>> Son seres solitarios, y lo único que buscan es alimentarse, pues no hay nada más jugoso que un ser vivo. Los animales les sirven, pero su plato favorito somos nosotros. Vagan en solitario, excepto cuando algo o alguien les une por una causa común. Y todos sabemos a quién le interesa unirles… cuidado, ahora no nos protege el Sol, y no todos los Negros se refugian en la Montaña Prohibida. Sabemos que los Innombrables ahora sólo se esconden al otro lado del bosque… ¿pero quién sabe si alguno anda perdido por aquí cerca? Las noches son largas entre estos árboles…


Y concluyó su relato. Nunca había sido partidaria de ignorar las historias de miedo. Pero el caso era que esas criaturas existían realmente. Y ahora tenía los pelos de punta.
Aún y así yo parecía la única alarmada, ya que fue cuestión de pocos segundos que la atmósfera se alegrara otra vez, así que intenté disimular.
Más tarde sólo se oían canciones, risas y chistes de borrachos, como si ese hombre nunca hubiese contado ninguna historia. De hecho, ese hombre era el que iba más ebrio de toda la pandilla.
Tenía exactamente la pinta de ser un cuenta cuentos. Su mostacho negro y ondulado le daba aires de domador de leones; sus ojos grises tenían chispas perspicaces y tenía una forma de vestir muy peculiar. Todo él era un tópico.
En fin, supongo que estaba un poco paranoica. Si ellos, que habían vivido el ataque en carne propia, bromeaban sobre ello, no tenía por qué preocuparme. Aunque a veces, para esconder el miedo, lo que muchas personas hacen es ignorarlo o reírse de él. Y si ese era el caso el ambiente era inquietante y retorcido.

Pero lo dejé ir y canté con los demás, aún y no sabiéndome la letra. Canciones tristes y alegres, de amor, de amistad, de heroísmo y de traición… iba aprendiendo su cultura poco a poco. Un joven había traído un instrumento y nos acompañaba.
Al cabo de unas dos horas ya empezábamos a tener sueño y algunos ya se habían retirado a sus tiendas. Cada una diferente a la otra. Por eso me gustaban tanto.
Sentí que alguien me tocaba el hombro, reclamando mi atención, y me giré. Era Will.
-Sígueme –me susurró al oído – quiero enseñarte algo.
Se fue sigilosamente entre unas ramas. Le seguí, sin saber muy bien qué estaba haciendo.
Caminó por entre la oscuridad un rato y luego se giró para esperarme. Cuando me acerqué, me cogió de la mano con un simple gesto que me pareció tan natural como respirar. Me dijo que esperara. Tenía un brillo en los ojos que me hacía sentir especial.
El silencio pareció hacerse eterno. Sólo oía nuestras respiraciones. Pero luego, oí una campanilla. Y otra, y más sonidos insólitos.
Will se sentó sobre la hierba y yo le imité. Casi me cubría la cara, pero a él apenas le llegaban a la barbilla.
Entonces, todo se llenó de colores. Azul, morado, verde, ocre, rojo, rosado, púrpura… motitas de colores. Parecían luciérnagas, pero las luciérnagas no tintinean. Una motita se apoyó en mi mano. Y entonces pude apreciarla. Eran… ¡hadas!
Me había quedado sin palabras. Muda.
-Cada noche salen del árbol –murmuró Will, señalándolo – descubrí este lugar cuando era pequeño.
-Son…bueno, son…en mi vida había visto algo así.
El hada que tenía en la palma de la mano empezó a reír. Era turquesa, mi color favorito. Medía unos dos centímetros y propagaba mucha luz. Luego, se fue volando. 
Emily me había contado en una ocasión que cuando su padre vivía, en una de sus expediciones encontró un hada violeta y la domesticó. Las hadas violetas eran las más difíciles de encontrar y las más indomables, pero él pudo, ya que era un explorador avanzado. En teoría, para domesticar un hada tenías que hallar la forma de ganarte su confianza. Y eso era francamente difícil, porque cada hada era diferente. La de Emily se llamaba Violet, ya, no muy original decía, pero sólo tenía tres años cuando se la regaló. Evidentemente, todo eso fueron palabras de Galadryel, pues ella no recordaba nada de su pasado.


Me levanté y me acerqué al árbol. Era anciano y poderoso. Por un agujero salían hadas y más hadas. Fuera, parecía un festival de medianoche. Todo eran lucecitas que bailaban flotando de aquí hasta allí y se reunían en pequeños grupos para charlar sobre lo que fuera que charlasen las hadas.
Me asomé por el agujero. Nunca había mirado dentro de un árbol, pero de haberlo hecho seguro que no se parecería en nada a lo que yo estaba viendo. Ese árbol era su hogar, su escondrijo. Podía ver camitas hechas con pétalos de flor y nueces y una fuente de sabia. Las ramas eran escaleras, toboganes y barandillas y las hojas, puertas y ventanas. No necesitaban luz, pues ellas mismas se la propagaban. Te hacía ganas ser pequeño de repente y poder vivir allí, escondido de cualquier peligro.


Sentí una respiración sobre mi hombro. Me giré lentamente, palpitando, y le miré, tan bello como siempre, apoyado sobre el árbol grueso con las manos; yo, en medio. Empecé a ponerme hiperventilar y seguro que me subió la temperatura. Oí un susurro. Podía haber sido la brisa, el viento, pero me alarmé igualmente, buscando de dónde pudiera proceder.
-¿No te habrá metido miedo el viejo Jon? –sugirió, como si la idea le divirtiese.
-No –mentí.
-No debes preocuparte –me apartó un mechón de pelo con suavidad, tal y como si estuviese cazando – No se acercarán mientras el Sol exista –me sonrió – y si no, tampoco debes preocuparte –se acercó, susurrando- porque yo te protegeré.
-¿Y quién te protegerá a ti?
-No necesito que nadie me proteja –río. Apoyó su frente contra la mía, cerrando los ojos- no soy diez veces menos fuerte y rápido que el resto de los crystalraisers.
A cada palabra le quería más. Su instinto protector, su voz, su ingenio.
Tenía ganas de besarle. Besar esos labios perfectos y carnosos, degustarlos y fundirme en ellos.
Y me gustaba que él pareciera querer lo mismo. Sobre todo eso. Me emocionaba.
Y sólo estaba a poco centímetros de conseguir lo que deseaba. Sólo había algo que me lo impedía.
-Will –susurré. Como no respondió, continué – Will, no. En la reunión se acordó…
-Sé lo que se acordó –ambos teníamos los ojos cerrados, pero nos veíamos.
-No podré quedarme aquí –gemí- No serviría de nada… sólo nos haremos daño.
-Me da igual –murmuró, consternado.
-Will, me borrarán la memoria.
-Da igual.
-No recordaré nada.
-No importa.
-No me volverás a ver.
No respondió. Pareció dejar de persistir, y eso me rompía el corazón. Pero parecía a punto de romper el árbol. Su árbol. Seguro que sería capaz. Aunque probablemente en todo ese mundo todos los seres y objetos estuvieran a la altura de la dureza de los crystalraisers…
Le rodeé el cuello con los brazos. Suspiró, como rindiéndose.
Ojalá pudiese congelar este momento.
Pero si lo hubiese congelado, no hubiera ocurrido nada a continuación.
Casi con brusquedad, me empujó contra el árbol y me rodeó la cintura con sus brazos poderosos.
Parecía que el oír que no me volvería a ver le hubiese dado motivo para besarme como si el mundo estuviese explotando y sólo fuese cuestión de segundos que desapareciésemos.
Yo no se lo impedía; al contrario, yo bailaba con él.
Lo apretaba contra mí con todas mis fuerzas, temiendo que alguien pudiese arrebatármelo. Le rodeaba el cuello con un brazo y la estiraba el cabello con la mano del otro.
Los dos suspirábamos cuando teníamos tiempo de respirar.
No podía pensar en nada más que en él y en cómo me besaba, cómo me acariciaba, cómo me reseguía cada curva, cómo suspiraba y cómo me besaba.
Todo en ese momento se centraba en él. Ni siquiera las hadas, que me había fascinado hacía apenas unos minutos y ahora cantaban y danzaban a nuestro alrededor, podían reclamar mi atención…sólo él.
Me gustaba gustarle. Me gustaba que me quisiese sólo para él.
Cuando ya no desconfiaba que se fuese, solté las manos de su cuello y le quité la camiseta tan rápidamente como su abrazo me permitió para repasarle todo el torso amplio y musculado, tal y como había deseado hacer desde hacía tanto tiempo, acariciándolo de arriba abajo.
Él luego me cogió por la cintura y me impulsó hacia arriba. Yo le rodeé por abajo con las piernas y nos acercamos aún más. Ahora yo era más alta que él y nuestros pechos estaban en contacto. Ambos corazones latiendo como uno sólo; yo sentía el suyo y él debía sentir el mío.
Me cogía por abajo con ambas manos para no dejarme caer, como si de un bebé se tratase, pero a un bebé no se le besa así.
Sus labios no sabían cómo había imaginado. Me sentía la más afortunada del mundo por poder besarlos. Sí que eran dulces, pero ardían de pasión; incansables como el mar, pedían más y más. Y me estremecía al pensar que eran a mí a quién querían. No podía creerme que al fin estuviese sucediendo. Ahora le acariciaba la cara, una cara bella que me pertenecía.

 


Ya no eran escalofríos de miedo lo que recorrían mi cuerpo, sino escalofríos de placer, pasión y amor. A cada segundo tenía más y más calor, y a pesar del frío y de estar sin camiseta, él estaba muy caliente. Y eso me gustaba.



martes, 21 de mayo de 2013

Capítulo 25



Caminata




Y volví a enfermar. Me subió la temperatura, nada más, pero tuve que quedarme en la cama todo el rato, aunque en parte se debía a que los médicos Crystalraisers no conocían del todo mi anatomía.
Enfermé de tanta actividad cerebral, pensando todo el día, enfermé de nostalgia al ver que todo se perdería y enfermé al darme cuenta, por encima de todo, que no podría entablar amistad con ningún Crystalraiser, ni con Will. Sobretodo con él. Debía alejarme de ellos y por eso enfermé.
Pero aún y sabiendo qué debía hacer, me dejé llevar por mí misma al ver que todos ellos (Will, Emily, Claire, Kail, Jace, Markson, Max… e incluso Ivy se asomó por allí) venían a visitarme con frecuencia. Además, también conocí a los amigos de Liam, unos tipos estupendos. Eirel, Marlock y Sinan. Y también conocí a su novia Grace, quién también me cayó estupendamente. Parecía la chica popular del instituto, pero sin darse cuenta de ello, humilde. En mi opinión, todas las personas deberían ser como Grace. Pero había tantos y tantos tipos de diversidad…
Jace me visitaba por la mañana, se tumbaba a un lado de la enorme cama y recordábamos anécdotas divertidas de esos tantos años que habíamos pasado juntos. Me daba de comer y cuando notaba que el sueño empezaba a embrumar la mente me cantaba la canción que siempre me cantaba para animarme antes de cualquier competición.
Max y Markson también venían por las mañanas y charlábamos los cuatro sobre Crystalraise y sobre cómo era el mundo allí arriba. Y Markson nunca dejaba de sorprenderme con sus preguntas (¿Cómo definirías tu personalidad? ¿Eres honesta contigo misma? ¿En las ocasiones de peligro cómo actúas? ¿Qué es lo primero que piensas?). Pero aún así me caía bien, como casi todos los Crystalraiser.
Y Max me fue revelando más detalles de Crystalraise a cada visita, detalles que la hacían aún más cautivadora. Sus festivales, sus manjares, las personas importantes, su historia, sobre la Institución de enseñanza (el colegio)… era fascinante. Incluso un día trajo un mapa y me enseñó cómo se llamaba cada rincón y por qué era especial. A cada día que pasaba sentía más la sensación de conocer Crystalraise como la palma de mi mano, como si hubiera nacido y crecido allí… que me hubiera encantado.
Por la tarde venían los demás, ya que por la mañana iban a clase. No todos venían cada día, pero Will y Emily sí. Me hablaron de ellos y descubrí más sobre sus vidas. Emily tenía mi edad, pero Will era un año mayor. Él vivía con sus padres y su hermano, y tenía un tal yorukiws como mascota. Por cómo me lo describió, supuse que era una especie parecida a los perros, pero diferente en muchos aspectos. Era deportista como yo, pero era atleta, no nadador. Y también tocaba un instrumento, el pawfryel, que esa vez no tuve ni idea de qué instrumento se trataba. Era exasperante, aunque absolutamente normal,  no tener ni idea de qué significaban algunas palabras.
Siempre que venía a visitarme se sentaba en mi cama y no me quitaba los ojos de encima desde entonces, obligándome a rendirme a sus pies como su esclava, sin poder evitarlo. Me entumecía los pensamientos con su voz y su aroma, y me avergonzaba de mi misma cada vez que daba una respuesta estúpida.
como ya sabía Emily vivía con Galadryel, , pero pasaba más tiempo fuera que dentro. Bailaba genial y tenía una voz increíble. Pero sobretodo, como ya había descubierto, lo que se le daba mejor era la gente. Tenía una empatía fuera de lo normal y se entusiasmaba por cada nimiedad.
Pasaron las semanas y mis propósitos no salieron bien: no conseguí alejarme de Will y, para rematarlo, intimé con los demás. Claire y yo descubrimos que teníamos muchas cosas en común y nos acercamos la una a la otra, dejó de ser tímida y se conviertió en una de las mejores amigas que nunca había tenido; Markson me divertía con sus preguntas extrañas y sus espectaculares trucos de magia; Kail me robaba carcajadas con sus comentarios sarcásticos y sus chistes, y otros muchos Crystalraisers más que conocí empezaron a robarme pedazos de un corazón que engordaba a medida que entraban más y más Crystalraisers en mi vida.
Emily se conviertió en mi mejor amiga y también le cayó muy bien a Jace. Veía cómo reían los dos juntos y las largas conversaciones animadas que mantenían.
Y me dolía físicamente el hecho de intentar alejarme de Will a pesar de no querer. Era tan elcuente, tan atento, dulce, fuerte… no me parecía real.
Entre todos ellos consiguieron alejar mis preocupaciones, las que me habían hecho enfermar. Al cabo de poco tiempo me dieron el alta. Justo a tiempo, porque:
-Sí, cada año cuando empieza la primavera organizamos una –Liam nos contagiaba a todos con su espíritu aventurero- en el Bosque Encantado, al lado del lago. Son cinco días, durante las vacaciones de Holly.
¡Nos íbamos de acampada!
Éramos un gran grupo: yo y Jace, mis amigos, el grupo de Liam, algunos más de los cuales sólo sabía su nombre y algunos adultos para supervisar. Unas veinticuatro personas.
Ya lo teníamos todo planeado: yo dormiría con Emily. Las tiendas eran de dos así que… aunque deseara dormir con Will –y viera cuánto habían cambiado mis intereses (y deseos…) en sólo un mes de estancia en Crystalraise-, debía pensar en nuestro propio bien. Y nuestro propio bien era no querernos el uno al otro, y no lastimarnos cuando yo tuviera que marcharme para no volver nunca jamás.
Una parte de mí me pedía a gritos que disfrutara de todo mientras pudiera, pero la otra contraargumentaba diciendo que así sería menos doloroso. Tan mismo, yo no recordaría nada… pero Will sí. Y yo no quería ser una persona egoísta.
De momento me centré en la acampada que ocupaba el noventa por ciento de mis pensamientos, que tan ilusionada me tenía.
Will me había dejado una de sus enormes mochilas para meter todas las cosas que iba a necesitar durante esos cinco días.
Esa fue la primera vez que curioseé entre todas mis cosas desde la explosión, las cosas que habían sobrevivido.
Metí unas siete mudas, un bikini azul marino que me había dejado Emily y un par de toallas, ropa interior, mi neceser naranja, unas sandalias y unas bambas de recambio, mi pijama blanco y ropa de lana por si hacía frío por la noche.
Cuando iba a meter el último jersey, algo cayó al suelo.
Era el diario que me había regalado mi padre al ganar la expedición, para que escribiera el más mínimo detalle de mi pequeña aventura submarina. La escena me vino a la mente…


No cabía en mí. ¡Había ganado! ¡Había ganado de verdad! Notaba la mirada envidiosa de las demás clavada en la nuca, pero no les hice ni caso. ¡Estaba eufórica! Jace, radiante, vino corriendo hacia la escalera y me ayudó a subir.
-¡Jess! –gritó, mientras me asfixiaba con uno de sus abrazos de oso. ¡No sabes lo orgulloso que estoy de ti! ¡Muy bien, muy bien! Aunque en la última serie la técnica dejó que desear, ¿eh?
-Ah, ¡no seas aguafiestas! –bromeé- ¡Que había más de dos-cientas nadadoras compitiendo!
-Lo sé, lo sé –me dio su beso de después de cada competición. En la frente, siempre en la frente.
Entré al vestuario para cambiarme a toda prisa para la ceremonia. Estaba temblando. Aún no lo creía…
*   *   *
-… y en primer puesto y campeona juvenil del estado de Georgia… ¡Jessica Nichols! –anunció un hombre por megafonia.
Subí tintineando al podio. Sonriendo, busqué la mirada de mi padre entre la gente y lo vi allí, radiante de orgullo, guiñándome un ojo. El hombre que entregaba las medallas me dio la enhorabuena, nos dimos dos besos y me colgó la medalla del cuello. Me pensaba que eso era todo, pero luego se acercó de nuevo con tres grandes trofeos y nos dio a cada una el suyo. ¡Un trofeo! Lo único que había ganado hasta entonces eran medallas…
-No se vayan, ¡que aún quedan más sorpresas! –el hombre de la megafonia volvió a hablar- Señoras, señores, acabamos de presenciar la competición estatal de natación femenina juvenil. Un total de doscientas setenta nadadoras de la categoría han competido y nos sentimos orgullosos al anunciar que esta edición ha sido la más participativa desde su comienzo. Y el CNA acordó que, antes de la competición nacional, todas las ganadoras estatales participarían en una expedición amistosa subacuática, una especie de viaje de estudios. ¡Enhorabuena!
¡¿Qué?! ¡¿Una expedición?! ¡En un submarino! ¡Eso sí era una sorpresa!¡Con lo que me gustaba a mí el océano! ¡Ahora iba a submergirme en él! ¡A explorar sus entrañas!
*   *   *
-Jess, este es mi regalo de despedida –me susurró papá, dándome un hermoso diario morado. Su tacto era suavísimo, como de felpa –quiero que me escribas cada detalle, por tonto que sea, de tu aventura, aunque seas la única adolescente que al final vaya, sé que lo pasarás estupendamente.
-¡Gracias! –dije, casi llorando. Le abracé y me besó el pelo.


Aún no había escrito nada. Estaba en blanco. No lo habia hecho a drebe, esque se me había olvidado completamente.
Cuando hube terminado de llenar la mochila, fui a la habitación de Jace para ver cómo lo llevaba él y por ayudarle si le hacía falta.
Pero cuando entré vi que ya había alguien ayudándole.
-¡Jess! –exclamó Emily. ¿Cuándo había venido? Parecía sorprendida de verme ahí. ¡Si vivía justo al lado! -¿ya tienes la maleta hecha?
Jace le pasaba prendas de ropa y ella las metía. Asentí, desconcertada.
-¿Os ayudo? –pregunté, inecesariamente.
-No hace falta –intervino Jace- creo que casi hemos terminado.
Emily soltó una risita nerviosa.
-¡Como si yéramos un mes de viaje!
Me tumbé panza abajo sobre la cama, al lado de la maleta.
-¿Em, tú ya has ido allí, no?
-Ahá, -murmuró- ¡os va a encantar, es un sitio precioso!
Estaba ausente y colorada. ¿Sobre qué podrían haber hablado Jace y Emily?
-¿De qué hablábais? ¿He interrumpido algo?
-¡No! –dijo Jace, riendo – me explicaba sus anteriores acampadas. ¡Son muy interesantes!
-Por cierto, ¿tú con quién dormirás?
-¿Yo? Con Carl. Me he hecho más amigo de él en este mes que de todos los miembros de la tripulación juntos.
¡Ah, sí! No lo recordaba. Carl era el doctor que nos atendía. Como ya estábamos recuperados, supongo que no tenía mucho trabajo después de mi enfermedad.
Él y Jace se parecían enormemente. Tenían la misma edad y la misma complexión, y por lo que veía también compartían aficiones. Se llevaban de maravilla.
Emily me pellizcó la mejilla, imitando a una abuela pesada:
-Y yo con esta chica tan guapa –beso en la mejilla. Ya había vuelto del más allá.
-¡Sí, qué ilusión! –y estaba siendo honesta. Aquellos últimos días sólo había estado pensando: ¡Acampada! ¡Acampada! ¡Acampada! ¡Will! ¡Acampada!
Y había decidido ser dura con Will. Hacía apenas un mes que lo había visto por primera vez y al día siguiente había estado a punto de besarlo. Hubiera sido mi primer beso. ¡No era así cómo iban las cosas! No era una experta en el tema, pero… ¿cómo podía ser que en tan sólo veinticuatro horas me hubiera quedado prendada de él? Había conseguido en un día lo que muchos chicos no habían conseguido en años. Eso era de admirar.
Debía hacerme valer, si quería ser inolvidable, y no tan sólo una aventura. Will no parecía de esos, pero… bueno, ¡sólo lo conocía desde hacía un mes! “Cautelosa, se cautelosa”.
*   *   *
-¿Todos preparados? –preguntó Jack, el “guía” de la excursión. ¡Pues marchémonos!
No pude decir que no me cansó la caminata. ¡Muy,  muy larga! Y yo que me pensaba que estaba acostumbrada al deporte… claro, todos eran el triple de rápidos y fuertes que nosotros, tenían más facilidad. Aún así, Will y Emily siguieron nuestro ritmo todo el rato, y con ellos Kail, Claire… e Ivy.
En esta ocasión ella no estuvo callada todo el tiempo. Me ignoró, como siempre, pero estuvo hablando como una carreta todo el tiempo, y empezó a gustarme el tono en el que hablaba. Me gustaba su sarcasmo, era asombroso.
Aunque tampoco le presté mucha atención. El paisaje la tuvo casi todo el trayecto. Exótico y tropical, verde y multicolor. El camino era de una tierra que se fue haciendo verdosa a medida que avanzábamos. Y a cada metro aparecían más y más árboles y plantas que no había visto en mi vida. Notaba miradas silenciosas que seguían nuestros movimientos dentro el espeso follaje. Oía sonidos y gritos, cómo se comunicaban las especies entre sí, pero pude ver ninguna. ¡Quería verlas! ¡Seguro que eran fascinantes!
Hacía la temperatura ideal, cálida. Una brisa se deslizaba por entre nuestras pieles desnudas y los árboles nos proyectaban enormes sombras que nos protegían del sol. Todos íbamos en tirantes. Pero seguro que durante la noche refresacaba mucho más.
El paisaje me tenía tan cautivada que no hablé en todo el trayecto –aunque en parte se debía a que debía guardar mi aliento en continuar caminando- y no noté que Will estaba demasiado cerca de mí. ¿Cómo podía ser que le hubiera gustado tan rápidamente? Había gato encerrado. O no… puede que le hubiera gustado y punto. Estaba tan acostumbrada a no gustarle a nadie que me sorprendió. ¡Pero también era posible que sólo estuviera siendo amable! Aunque había estado a punto de besarme hacía semanas en la playa…
-No estás muy habladora Jess- observó Emily.
-Si tuviera… vuestros dotes… de vampiro… -jadeé- puede que… me sobrara aliento… para hablar…
-Tranquila, ¡haha! –rió Kail – tú respira tranquila.
-Tenemos que mantener buen ritmo, si no oscurece antes de que lleguemos –Will me iluminó con su sonrisa. Genial. Lo único que me quedaba era que me faltara el aliento –falta menos de la mitad para llegar –me rodeó con su brazo musculoso para ayudarme a caminar más rápido. ¿Por qué tenían que tener tanta fuerza? Me sentía tan inferior a ellos…

Pero me sentía feliz al oírlos cantar canciones de marcha y al reírse alegres, me sentía orgullosa de ser su amiga.

sábado, 9 de marzo de 2013

Capítulo 24


La Salvadora


Una gran parte del Consejo y de la tripulación ya se había ido. Algunos se despidieron, pero otros ni me dirigieron la mirada.
Sólo quedábamos unos pocos.
Miré a la anciana que se había sentado detrás de mí, en su silla de ruedas. Anelisse Greyone. En otras circumstancias me hubiera alegrado enormemente de haberla conocido al fin.
Pero… siendo ella quien había metido al Olvidadero en la conversación… el plan acordado fue reconstruir el submarino, y una vez terminado… borrarnos la memoria…sentía que todo mi nuevo mundo se venía abajo. Y es que quedaría en el olvido. ¡No iba a acordarme de nada! En cuanto terminaran de reconstruir el submarino… aunque, con gran pesar, tuve que reconocer que Anelisse había propuesto la mejor solución.
-Jessica –Max me cogió por el hombro- te presento a Anelisse Greyone. Anelisse, ella es Jessica Nichols.
La anciana me miró, con sus grandes ojos azules, sin verme. Y entendí esa sensación de antes al notar que ella miraba alrededor a la vez. Era ciega.
Me arrodillé frente a su sillita, un cacharro algo atrotinado  pero que parecía resistir a cualquier batalla, y cogí la mano que ella me había tendido. No era suave como la de Max o Will, era de un tacto rugoso, parecido al papel… y muy, muy frágil. Sentí su pulso muy débil, luchando por seguir adelante, intentando hacerse oír.
-Jessica… -suspiró-… al fin.
Me quedé estupefacta.
-¿Quería conocerme?
-Max… ¿seríais tan… tan amable… de dejarnos a… solas?
Él parecía dudar.
-Estaré bien… debo hablar con Jessica…
-Por supuesto-le dio un beso en la mejilla e hizo salir a los demás de la sala.
Anelisse me miró a los ojos. Aún sabiendo que no podía verme, noté su mirada en mis huesos, sentí como si me observara hasta el corazón. Como si me escrutara el alma y curioseara por entre mis pensamientos.
Y sentí la necesidad de romper el silencio.
-¿Qué ocurre? –sabía que algo se me iba a revelar, ¿por qué si no esa necesidad de hablar a solas conmigo?
-Jessica… ¿crees en las… coincidencias?
Mi voz resonaba alegre por toda la sala grandiosa, pero la suya permanecía sólo a nuestro alrededor, como un escudo.
-Sí….no. Sí y no. No suelo pensar mucho en ello.
-¿Y crees que… haber llegado hasta aquí… ser la única que quedó… consciente… lo es?
-…no…no lo sé –reconocí. ¿A dónde quería llegar?
-¿Sabes qué… ocurrirá en… Crystalraise? Dentro de…muy poco… me temo.
-La… ¿luz? –de repente, mi voz no quiso salir, y lo que salió de mis entrañas fue un leve maullido.
-Me… me queda muy poco tiempo… tienes… tienes que saber… qué hacer…-empecé a temblar. ¿A qué demonios se refería? –lo correcto…el camino correcto… no siempre es el más fácil… y el tuyo no lo va a ser…
-¿Qué? –pregunté, saltando- ¿qué me está queriendo decir?
Me cogió también la otra mano con fuerza y se acercó a mí.
-Jessica… tienes que ser valiente… tendrás que serlo… sé que lo serás… como lo fui yo la última vez…
-No la entiendo…
-No hace falta… es mejor así… pero dentro de poco… tendrás que recordar mis palabras… saber qué hacer de ellas –empezó a toser- no dejes de ser quién eres, Jessica… nunca…
¿Qué… qué estaba pasando?
-No… no le des vueltas… te lo ruego… no puedo explicarte nada más… debes descubrirlo por ti sola… si no, de nada serviría… nada más… pero recuerda: valor… y… y dolor… -su tos iba aumentando.
-¿Va todo bien? –Max se asomó por la puerta. La oyó toser.
-Sí… ya hemos terminado…
-¡Yo no! –exclamé- ¡tengo muchas preguntas para hacerle! ¿Quién es usted? ¿Cómo consiguió…?
-No debo ser yo… quién… quién las responda… ¿quién soy? Anelisse Greyone… tienes que hallar tú misma las respuestas… -se retorció dolorosamente. Max y yo la tuvimos que aguantar, sobresaltados- …estoy bien… mi corazón…
-Debéis descansar- Max empezó a llevársela –Jessica, nos vemos después –golpecito en el hombro.
-Recuerda… Jessica… -susurró Anelisse, antes de cerrar los párpados pesadamente y salir con Max por la puerta. Puede que esas hubieran sido sus últimas palabras… pero no, no podía pensar así. Debía ser optimista.
Me quedé sola, arrodillada, en una sala que ahora me parecía desconocida y donde mi destino había cambiado tan radicalmente.
La angustia reinaba en mi corazón. No sabía qué hacer. Estaba asustada por el estado de Anelisse, estaba aterrada por la pérdida de memoria que iba a sufrir, y  desconcertada por todo lo que Anelisse me había revelado a medias. Pero en esos momentos no me apetecía ponerme a pensar los múltiples significados que podrían tener sus palabras. Lo dejaría para más adelante. Estaba exhausta y no había corrido ninguna maratón.
¡No había averiguado nada! Sólo más y más preguntas y más cuestiones inexplicables se interpusieron en mi camino. Debía dejar de intentar descubrir. Y por alguna razón creí conveniente no preguntarle nada más a Anelisse. Ya había parecido predispuesta desde un primer instante a no responder a ninguna de mis preguntas. ¿Por qué debía descubrirlas por mí misma? ¡Qué injustícia!
-¿Jess? –esa vez fue Jace el que se asomó por la puerta.
-Estoy aquí – me levanté y fui hacia él. Me rodeó con un brazo y nos marchamos.
-Estás muy apagada –observó.
-Echaré de menos este lugar…
Y volvimos juntos al hospital, sin ser conscientes de las miradas que nos observaban, ni los susurros. Sólo estábamos él y yo, cayendo en el olvido.

*   *   *

-Butterfly parece estar muy nerviosa –dijo Jace.
Y es que no paraba de revolotear por la habitación, huyendo de alguna sombra o buscado algo que seguramente no existía. De alguna manera, reflejaba mi estado de ánimo.
Me encogí de hombros.
-¿Me toca a mí?
-Sí.
Jace y yo decidimos quedarnos en mi habitación el resto de la tarde jugando a juegos de mesa rematadamente difíciles de entender. Algunos fueron divertidos al final, como Clandestine o El color de sus ojos.
Pero no cumplieron con su objetivo principal: levantarme el ánimo, o al menos, distraerme. Así que al final terminamos charlando sobre competiciones, natación y de mil otras cosas más.
Empecé a sentirme mal, a sudar.
Mi cabeza estaba mareada de dar tantas vueltas sin sentido.

Me esforzaba en no pensar en ello pero, ¿qué demonios había querido decir Anelisse? ¿Cuál era el camino correcto que debería tomar?